Luigi Bosetti
And indeed there will be time To wonder, “Do I dare?” and, “Do I dare?”.
T. S. Eliot
No soy Prufrock, ni pretendo serlo.
Se riegan tres avenidas,
ríos de montaña
sugiriendo la memoria
de una piedra volando
en dirección a la ventana
de un auto prestado.
Se riegan tres hombres
dejando rastro en la nieve
aunque para mañana
hay predicciones
de buen tiempo.
—Cruzas un viaducto
observando la caída
por donde se van las manos,
para despertar los rostros
de los desaparecidos.—
El camino es pasillo de hospital,
discusiones
en noche barata.
Los años son páramos ahogados
—Subes la cuesta
con una frente eterna
donde los pasos te golpean
a cada respiro .—
Hay lagos sin descanso.
Sufren las salidas de tanta gente;
cabras caen montaña abajo
e igual siguen insistiendo.
—¡Entonces vamos!
somos ríos en la nieve
que sostienes con la mano,
heridos en camilla
arrastrando una soga,
esquivando las cabras
cuesta arriba.
Empecemos.
¿Madre, crees que les
gustará el poema?
espero estrellarme contra una pared,
obtener lo deseado
y perder en la victoria.
No deseo encontrarme
en un cementerio,
donde mi padre vuelve a ser padre.
Me hiciste débil y mudo,
destinado a ocultarme de las voces,
a vivir silenciado de las miradas
y a repetirme como cuerpo flotante.
Sin voz
no puedo llamarme hombre
No utilizo
palabras como lagunas;
No vago por las esquinas.
Renuncié a las multitudes
y me voy alejando
como buitre de los huesos.
¿Cómo es posible olvidar
el rostro de tu padre?
solo queda un rumor bajo el agua.
Una mirada relampaguea
pero se hace imperceptible.
Llueven a mis espaldas
latas vacías.
¿Madre, crees que les
gustará el poema?
Siempre puntual
sonó aquel ruido amarillo.
Lo supe mientras pescaba aves sin alas
en un bosque pleno de edificios.
Pensé si el arpón sería necesario,
y a mitad del pensamiento
me vi cegado por un sol
que floreció
como un disparo en la sien.
Una mancha en un suelo sin cantos.
Un tragamonedas en ruinas
funcionando por necedad.
Carecía de fuego,
y mis pasos seguían y avanzaban:
campana de catedral
en un mismo pueblo del pasado.
Soy la aguja marcando las horas
de un reloj siempre puntual.
Soy un carrusel de feria
estancado en un pueblo fantasma.
Soy un ascensor oxidado
en un edificio de dos pisos.
Soy una grieta imperceptible
en una pared blanca.
¿Cuántas ventanas abiertas?
nada puede cambiar
Cuando una sola prevalece
invitando al escape.
Ojalá y no me vean insistiendo
¡Vergonzoso!
Nada se lee en la calle,
todo se consume por los ojos
como agua de inodoro.
Nadie responde.
(pero en el ruido constante
siempre hay esperanza.)
Insisten los dedos.
Insiste mi rostro
en descansar sobre la mano.
Insiste mi boca
en quedarse en la cara.
Insisten los gritos
en estar sin voz.
Insisten los pies
en gritar a cada paso
Insisto
en tener pies
y espero.
Tal vez sienta la culpa del
desesperado en iglesia abandonada,
tardía e inhóspita;
ruinas de voces que una vez
alguien supo escuchar.
Los hombres son ríos
llegando al mismo océano.
Y yo soy árbol.
No sé cuándo se me fueron los años
miro desgastado intentando ver cuánto falta:
al menos un par de estaciones más.
Regresa la rivalidad de la luz con un ojo.
La fortuna de un avión
Que cae en picado
directo al mentón
Sin darme cuenta.
Es el rechazo que conlleva
No hacer caso a la sombra:
en cualquier momento
sentiré el impacto
de otras muertes sobre mí.
Insisto,
como sepulturero errático
y luego despierto
no hay descanso ni pausa,
mi codo tumba la botella
y finalmente leo.
Sacudo la tierra
Y me marcho.
Diferentes lomos encerrando el mismo [escándalo].
El yo prevalece e insiste, mientras la queja es una mota de polvo en el ojo de quien se lee a sí mismo.
De quien se escucha y se compara. De quien se niega pero se escribe.
Es un ciclo de repeticiones girando en círculos concéntricos con una persona diminuta en el centro.
No hay quien se oponga y no hay quien se atreva.
No hay quien destruya esta celebración.
Su firma no cabe en la hoja.
En el futuro
extraña será la excepción de nacer y morir temprano.
El anti-poeta — escapa — y permanece aunque se vaya.
Mientras todos se alejan,
Repletos de palabras,
lombrices de tierra
regadas de sus bocas,
yo me quedo plantado sobre asfalto.
Allí callo al hambre frente a mi ventana:
¿hablarán de mí?
Solo son voces rebotando en mis oídos,
el pie izquierdo en el barro.
Oye el cabalgar de un caballo bajo la noche asfaltada.
No hay espacio para más. Ni para la mancha blanquecina de la pared eterna desde hace tiempo.
Una grieta cruza la esquina creando un arco inmenso en la vasta nada del blanco oscuro. Por allí quiere pasar; el triunfo ante la perfecta sobriedad. Por allí quiere escapar; por donde su mirada se va huyendo de sus ojos con lentitud, como un pequeño hilo de luz en la eterna noche del hombre. Escondo una palabra aborrecida por Ramos Sucre y evito usarla en su honor.
Escapista fraudulento, siempre hay regreso.
Se maneja sin furor.
Enredado en una maraña de palabras, un pequeño traspié en la carrera de un maratonista. Una imperceptible turbulencia en un avión vacío, destinado a una eventual catástrofe.
La tierra se interpone como cristal;
entra en el arco de la grieta, de la esquina. Se asfixia, mientras todos van sedientos como rompedores de marcas mundiales.
Y se van, con pozos en las bocas,
colgando cadenas sobre los hombros
adormecidos.
Todos los que están ya han estado desde antes
Y eso lo cambia todo desde un principio.
Entro al bar y no sé dar mi primer paso.
Solo quiero una cerveza y no debería ser tan difícil.
El dinero está en mi bolsillo y aún no me acostumbro a su valor.
Los billetes son más grandes y en mi vieja billetera sobresalen.
Las caras también son distintas. Quéseriedadlaquehayenestelugar.
Y se supone que es un bar.
Vale. Eso lo dicen tanto. Vale.
Como si todo tuviese un valor, incluso el entrar a un bar a pedir una cerveza.
Vale. Me acerco a la barra.
¿Qué tan difícil puede ser?
Al final es el mismo idioma.
O eso parece.
Vale. Todo vale y cómo cuesta conseguir dinero.
Porque no pertenezco a este bar.
Me gustaría leer en voz alta.
Pero mi acento me delata.
Todos tenemos nuestro propio idioma.
Y eso lo cambia todo desde un principio.
Pediré un trabajo en vez de una cerveza.
Me tomaré una cerveza en vez de conseguir un trabajo.
He ahí la diferencia.
A mis espaldas una señora mayor se caga en Dios mientras juega a las maquinitas.
Tendrá ochenta años.
Llegaré aunque no juegue a las maquinitas ni me cague en Dios.
Tendré ochenta años y aún no habré pedido la cerveza.
¿Caña o doble? Un tercio de mi vida malgastado en otro bar que se derrumba.
Lejos más allá de litros y litros de cerveza.
Acá hay opciones, no sé por dónde empezar.
Puedo salir del bar y seguir caminando sin miedo.
Puedo salir del bar y seguir caminando sin rumbo.
Acá no matan y no mueren.
Y eso lo cambia todo desde un principio.
Rindo tributo a una banda de punk.
No sé si quedarme o irme.
Cuento las monedas en mi bolsillo.
Uno con cuarenta el pasaje en bus.
Pero volver no tiene precio.
Tiene muerte segura.
Es la sentencia de los que saben que moriría.
Si volviera, si regresara, si no vuelvo, si no regreso.
No me espera nadie en casa.
Y eso lo cambia todo desde un principio.
Todos los que están ya han estado desde antes.
Incluso el que acaba de entrar y ha pedido la cerveza antes que yo.
Qué vergüenza con esta vergüenza.
Si pudiese leer en voz alta.
Si perteneciera a este bar.
O a cualquier otro bar.
Que no se esté derrumbando.
Que no se esté muriendo.
Como me muero yo.
De la sed.
Todas las noches.
Me gusta escuchar.
El ritmo de mi sangre.
No morirme.
De la sed.
Ya empiezo a estar por más tiempo.
Y mi voz casi se anima a salir.
La ce es ze no se, no sé.
Para mí todas suenan como sé.
Y eso lo cambia todo desde un principio.
Sé que algún día voy a despertar.
Y no intentaré cambiar mi acento.
Que cada quien lea lo que quiera.
Que cada quien escuche lo que quiera.
Sé que algún día voy a despertar.
Y ya sabré pedir una cerveza.
Ya sabré estar en este bar.
Y opinar sobre fútbol o sobre lo que den en la tele.
Sabré jugar al billar.
Y caminar como los demás.
Sabré dejar los libros en casa.
Y tantas otras cosas.
Porque hay mucho de lo que no he podido despedirme.
Y eso lo cambia todo desde un principio.
Dejé tantas cosas y sin embargo hay otras que no puedo dejar.
Vacilé al salir, volví mi vista atrás.
Y me arrepentí de inmediato.
Temí al aire y a las voces graves que cantan en mi oído.
Sentí una mano en mi hombro empujándome.
O intentándome agarrar.
No lo sé.
Y eso lo cambió todo desde un principio.
Retumban los ecos de un tambor de lengua.
Redoblan las palabras.
Llegan los aplausos.
Me inclino,
mi voz escapa,
se excusa,
y avergonzada
huye.
Dos cubos de hielo se prenden en fuego
en mi rostro.
Mi boca es una rana ahogada en una taza.
Derramo palabras deformadas,
escupo murmullos como ventiscas.
Soy humo,
floto por el aire de esta oficina.
Neblina en la noche causando accidentes.
Vapor de la lluvia sobre cuerpos encendidos.
Sufro la idolatría de quienes no la merecen
y me imagino escribiendo inmensos poemas
en los techos de un hospital.
Intenté hallarme y pesqué,
en un lago vacío,
que ahora es precipicio.
Discurso
El gentío se acumula esperando mi arenga
y suelto palabras salvajes
a la multitud inesperada,
que grazna como cuervo en cementerio.
Noche como río congelado.
De tu boca las palabras
se arrastraban
para salir.
Tus rodillas rechinaban
como árboles en invierno.
Corro y mis rodillas son dos mudas
aves bajo el mar.
Si quieres leer el libro completo, cómpralo aquí
Convierto obras y textos académicos manteniendo la voz original y la profundidad intelectual del autor intactas.