Logo de una marca con una letra "P" estilizada en color negro, representando una identidad visual moderna y minimalista.

El triunfo de la sobriedad

Luigi Bosetti

Retrato en blanco y negro de una mujer con cabello recogido, superpuesto con ilustraciones de un cerebro que destacan conceptos como "cautividad" y "vulnerabilidad". En el fondo, se pueden ver partituras musicales y documentos antiguos relacionados con Virginia Woolf, creando una fusión artística entre la literatura y la música.

1 Sobriedad

And indeed there will be time               To wonder, “Do I dare?” and, “Do I dare?”.

T. S. Eliot

No soy Prufrock, ni pretendo serlo.

Se riegan tres avenidas,

ríos de montaña

sugiriendo la memoria

de una piedra volando

en dirección a la ventana

de un auto prestado. 

Se riegan tres hombres

dejando rastro en la nieve

aunque para mañana 

                                   hay predicciones

                                            de buen tiempo. 

—Cruzas un viaducto 

observando la caída

por donde se van las manos,

para despertar los rostros 

de los desaparecidos.— 

El camino es pasillo de hospital,

discusiones

en noche barata. 

Los años son páramos ahogados

—Subes la cuesta

con una frente eterna

donde los pasos te golpean

a cada respiro .—

Hay lagos sin descanso.

Sufren las salidas de tanta gente;

cabras caen montaña abajo

e igual siguen insistiendo.

—¡Entonces vamos!

somos ríos en la nieve

que sostienes con la mano,

heridos en camilla

arrastrando una soga,

esquivando las cabras

cuesta arriba.   

Empecemos. 

¿Madre, crees que les

gustará el poema?

espero estrellarme contra una pared, 

obtener lo deseado

y perder en la victoria.

No deseo encontrarme 

en un cementerio,

donde mi padre vuelve a ser padre.

Me hiciste débil y mudo,

destinado a ocultarme de las voces,

a vivir silenciado de las miradas

y a repetirme como cuerpo flotante.

Sin voz

no puedo llamarme hombre

No utilizo 

palabras como lagunas;

No vago por las esquinas.

Renuncié a las multitudes

y me voy alejando 

como buitre de los huesos. 

¿Cómo es posible olvidar 

el rostro de tu padre? 

solo queda un rumor bajo el agua. 

Una mirada relampaguea 

pero se hace imperceptible.

Llueven a mis espaldas

latas vacías. 

¿Madre, crees que les

gustará el poema? 

Siempre puntual 

sonó aquel ruido amarillo.

Lo supe mientras pescaba aves sin alas

en un bosque pleno de edificios. 

Pensé si el arpón sería necesario,

y a mitad del pensamiento

me vi cegado por un sol

que floreció 

como un disparo en la sien. 

Una mancha en un suelo sin cantos.

Un tragamonedas en ruinas

funcionando por necedad.

Carecía de fuego, 

y mis pasos seguían y avanzaban:

campana de catedral 

en un mismo pueblo del pasado. 

Soy la aguja marcando las horas

de un reloj siempre puntual. 

Soy un carrusel de feria 

estancado en un pueblo fantasma. 

Soy un ascensor oxidado

en un edificio de dos pisos. 

Soy una grieta imperceptible

en una pared blanca.

¿Cuántas ventanas abiertas? 

nada puede cambiar 

Cuando una sola prevalece 

invitando al escape. 

Ojalá y no me vean insistiendo

¡Vergonzoso!

Nada se lee en la calle,

todo se consume por los ojos 

como agua de inodoro. 

Nadie responde. 

(pero en el ruido constante 

siempre hay esperanza.)

Insisten los dedos.

Insiste mi rostro

en descansar sobre la mano. 

Insiste mi boca

en quedarse en la cara.

Insisten los gritos 

en estar sin voz. 

Insisten los pies

en gritar a cada paso 

Insisto

en tener pies 

y espero.

Tal vez sienta la culpa del 

desesperado en iglesia abandonada,

tardía e inhóspita;

ruinas de voces que una vez 

alguien supo escuchar. 

Los hombres son ríos 

llegando al mismo océano.

Y yo soy árbol.

No sé cuándo se me fueron los años

miro desgastado intentando ver cuánto falta:

al menos un par de estaciones más.

Regresa la rivalidad de la luz con un ojo.

La fortuna de un avión 

Que cae en picado

directo al mentón 

Sin darme cuenta.

Es el rechazo que conlleva

No hacer caso a la sombra: 

en cualquier momento

sentiré el impacto 

de otras muertes sobre mí.

Insisto, 

como sepulturero errático 

y luego despierto

no hay descanso ni pausa,

mi codo tumba la botella

y finalmente leo. 

Sacudo la tierra 

Y me marcho. 

Diferentes lomos encerrando el mismo [escándalo]. 

El yo prevalece e insiste, mientras la queja es una mota de polvo en el ojo de quien se lee a sí mismo. 

De quien se escucha y se compara. De quien se niega pero se escribe.

Es un ciclo de repeticiones girando en círculos concéntricos con una persona diminuta en el centro.

No hay quien se oponga y no hay quien se atreva. 

No hay quien destruya esta celebración. 

Su firma no cabe en la hoja. 

En el futuro

extraña será la excepción de nacer y morir temprano.

El anti-poeta — escapa — y permanece aunque se vaya. 

Mientras todos se alejan,

Repletos de palabras, 

lombrices de tierra

regadas de sus bocas,

yo me quedo plantado sobre asfalto.

Allí callo al hambre frente a mi ventana: 

¿hablarán de mí?

 

Solo son voces rebotando en mis oídos,

el pie izquierdo en el barro. 

II Euforia

Oye el cabalgar de un caballo bajo la noche asfaltada.

No hay espacio para más. Ni para la mancha blanquecina de la pared eterna desde hace tiempo.

Una grieta cruza la esquina creando un arco inmenso en la vasta nada del blanco oscuro. Por allí quiere pasar; el triunfo ante la perfecta sobriedad. Por allí quiere escapar; por donde su mirada se va huyendo de sus ojos con lentitud, como un pequeño hilo de luz en la eterna noche del hombre. Escondo una palabra aborrecida por Ramos Sucre y evito usarla en su honor.

Escapista fraudulento, siempre hay regreso.

Se maneja sin furor.

Enredado en una maraña de palabras, un pequeño traspié en la carrera de un maratonista. Una imperceptible turbulencia en un avión vacío, destinado a una eventual catástrofe. 

La tierra se interpone como cristal;

entra en el arco de la grieta, de la esquina. Se asfixia, mientras todos van sedientos como rompedores de marcas mundiales.

Y se van, con pozos en las bocas, 

colgando cadenas sobre los hombros 

adormecidos.

Todos los que están ya han estado desde antes

Y eso lo cambia todo desde un principio. 

Entro al bar y no sé dar mi primer paso.

Solo quiero una cerveza y no debería ser tan difícil. 

El dinero está en mi bolsillo y aún no me acostumbro a su valor. 

Los billetes son más grandes y en mi vieja billetera sobresalen. 

Las caras también son distintas. Quéseriedadlaquehayenestelugar. 

Y se supone que es un bar. 

Vale. Eso lo dicen tanto. Vale. 

Como si todo tuviese un valor, incluso el entrar a un bar a pedir una cerveza. 

Vale. Me acerco a la barra. 

¿Qué tan difícil puede ser?

Al final es el mismo idioma. 

O eso parece. 

Vale. Todo vale y cómo cuesta conseguir dinero. 

Porque no pertenezco a este bar. 

Me gustaría leer en voz alta. 

Pero mi acento me delata.

Todos tenemos nuestro propio idioma. 

Y eso lo cambia todo desde un principio. 

Pediré un trabajo en vez de una cerveza. 

Me tomaré una cerveza en vez de conseguir un trabajo.

He ahí la diferencia. 

A mis espaldas una señora mayor se caga en Dios mientras juega a las maquinitas.

Tendrá ochenta años. 

Llegaré aunque no juegue a las maquinitas ni me cague en Dios. 

Tendré ochenta años y aún no habré pedido la cerveza. 

¿Caña o doble? Un tercio de mi vida malgastado en otro bar que se derrumba.

Lejos más allá de litros y litros de cerveza.

Acá hay opciones, no sé por dónde empezar. 

Puedo salir del bar y seguir caminando sin miedo. 

Puedo salir del bar y seguir caminando sin rumbo. 

Acá no matan y no mueren.

Y eso lo cambia todo desde un principio. 

Rindo tributo a una banda de punk. 

No sé si quedarme o irme. 

Cuento las monedas en mi bolsillo. 

Uno con cuarenta el pasaje en bus.

Pero volver no tiene precio. 

Tiene muerte segura.

Es la sentencia de los que saben que moriría. 

Si volviera, si regresara, si no vuelvo, si no regreso. 

No me espera nadie en casa.

Y eso lo cambia todo desde un principio. 

Todos los que están ya han estado desde antes. 

Incluso el que acaba de entrar y ha pedido la cerveza antes que yo. 

Qué vergüenza con esta vergüenza. 

Si pudiese leer en voz alta. 

Si perteneciera a este bar. 

O a cualquier otro bar. 

Que no se esté derrumbando. 

Que no se esté muriendo. 

Como me muero yo. 

De la sed. 

Todas las noches. 

Me gusta escuchar. 

El ritmo de mi sangre. 

No morirme. 

De la sed. 

Ya empiezo a estar por más tiempo. 

Y mi voz casi se anima a salir. 

La ce es ze no se, no sé. 

Para mí todas suenan como sé. 

Y eso lo cambia todo desde un principio. 

Sé que algún día voy a despertar.

Y no intentaré cambiar mi acento. 

Que cada quien lea lo que quiera. 

Que cada quien escuche lo que quiera. 

Sé que algún día voy a despertar. 

Y ya sabré pedir una cerveza. 

Ya sabré estar en este bar. 

Y opinar sobre fútbol o sobre lo que den en la tele. 

Sabré jugar al billar. 

Y caminar como los demás. 

Sabré dejar los libros en casa.

Y tantas otras cosas.

Porque hay mucho de lo que no he podido despedirme.

Y eso lo cambia todo desde un principio.

Dejé tantas cosas y sin embargo hay otras que no puedo dejar. 

Vacilé al salir, volví mi vista atrás. 

Y me arrepentí de inmediato. 

Temí al aire y a las voces graves que cantan en mi oído. 

Sentí una mano en mi hombro empujándome. 

O intentándome agarrar. 

No lo sé. 

Y eso lo cambió todo desde un principio.  

Retumban los ecos de un tambor de lengua. 

Redoblan las palabras.

Llegan los aplausos. 

Me inclino,

mi voz escapa,

se excusa, 

y avergonzada

huye.

Dos cubos de hielo se prenden en fuego

en mi rostro.

Mi boca es una rana ahogada en una taza.

Derramo palabras deformadas,

escupo murmullos como ventiscas.

Soy humo,

floto por el aire de esta oficina.

Neblina en la noche causando accidentes.

Vapor de la lluvia sobre cuerpos encendidos.

Sufro la idolatría de quienes no la merecen

y me imagino escribiendo inmensos poemas

en los techos de un hospital. 

Intenté hallarme  y pesqué, 

en un lago vacío,

que ahora es precipicio.

Discurso 

El gentío se acumula esperando mi arenga 

y suelto palabras salvajes

a la multitud inesperada,

que grazna como cuervo en cementerio.

Noche como río congelado. 

De tu boca las palabras 

se arrastraban

para salir. 

Tus rodillas rechinaban 

como árboles en invierno.

Corro y mis rodillas son dos mudas

aves bajo el mar.

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