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Medianoche

Louise Glück

Traducido por Luigi Bosetti

Por fin la noche me rodeó;

floté en ella, quizás dentro de ella,

o me llevó como un río lleva

a un bote, y al mismo tiempo

se revolvió sobre mí,

Estos eran los momentos por los que vivía.

Fui, me sentí, misteriosamente elevado sobre el mundo

y como esa acción fue, al fin, imposible

hizo que el pensamiento no solo fuese posible sino ilimitado.

No tuvo fin. Sentí que no

tenía que hacer nada. Todo

se haría por mí, o para mí

y si no se hacía, no era

indispensable.

Estaba en mi terraza.

Con la mano derecha sostenía un vaso de whisky

en el cual dos hielos se derretían.

El silencio había entrado en mí.

Fue como aquella noche, y mis recuerdos…fueron como las estrellas

porque estaban fijos, aunque claro

si uno pudiera verlas como lo hacen los astrónomos

uno vería que son fuego sin fin, como el fuego del infierno.

Coloqué el vaso en la barandilla de hierro.

Abajo, el río destellaba. Como dije,

todo brillaba… las estrellas, las luces del puente, los importantes

edificios iluminados que parecían detenerse en el río

y luego continuar, el trabajo del hombre

interrumpido por la naturaleza. Ocasionalmente veía

a los botes recreativos nocturnos; como esa noche hacía calor,

todavía estaban repletos.

Esta era la gran excursión de mi niñez.

El corto trayecto en tren para terminar en una tarde de té en el río,

después lo que mi tía llamaba nuestro paseo,

después el mismo bote que iba de un lado para otro sobre el agua oscura…

Las monedas de la mano de mi tía pasaban hacia las manos del capitán.

Me daban mi billete, cada vez un número nuevo.

Después el bote entraba en la corriente.

Sostenía de la mano a mi hermano.

Mirábamos los monumentos pasando uno tras otro

siempre en el mismo orden

de manera que avanzábamos al futuro

mientras experimentábamos recurrencias perpetuas.

El bote viajaba a lo largo del río y regresaba de nuevo.

Se movía a través del tiempo y después

a través de una reversión del tiempo, a pesar de que nuestro rumbo

siempre era hacia adelante, la proa abría

continuamente, un camino en el agua.

Era como una ceremonia religiosa

en la cual la congregación quedaba

expectante, contemplando,

y eso era de lo que se trataba, de la contemplación.

La ciudad yéndose a la deriva,

una mitad por el lado derecho, la otra por el izquierdo.

Mirad qué hermosa es la ciudad,

nos solía decir mi tía. Porque

estaba iluminada, eso espero. O quizás porque

alguien lo había dicho en el folleto impreso.

Después cogíamos el último tren.

A veces me dormía, incluso mi hermano se dormía.

Éramos niños del campo, no estábamos acostumbrados a esta intensidad.

Estáis agotados, chicos, decía mi tía,

como si toda nuestra niñez tuviera

una exhausta naturaleza.

Fuera del tren, el búho ululaba.

Qué cansados estábamos cuando llegábamos a casa.

Yo me acostaba con los calcetines puestos.

La noche era muy oscura.

La luna salió.

Vi la mano de mi tía sujetando la barandilla.

Con gran emoción, aplaudiendo y vitoreando,

los otros subieron a la cubierta superior

para ver a la tierra desaparecer dentro del océano…