Logo de una marca con una letra "P" estilizada en color negro, representando una identidad visual moderna y minimalista.

Encuentro con un entrevistador

Mark Twain

Traducido por Luigi Bosetti

El joven nervioso, alegre y elegante tomó la silla que le ofrecí, me dijo que estaba vinculado al Daily Thunderstorm y añadió

—Espero que no sea una molestia, pero he venido a entrevistarlo.

—¿ha venido a qué?

—A entrevistarlo, a usted.

—Ah, ya veo, sí claro, bueno, sí.

Esa mañana no me sentía muy bien. De hecho, todos mis poderes parecían estar bajo una nube. Sin embargo, fui a la estantería donde están mis libros y luego de haber estado mirándolos por seis o siete minutos, me di cuenta de que estaba obligado a hablarle al joven. Así que le dije,

—¿Cómo se escribe?

—¿cómo se escribe qué?

—Entrevista.

—¡Dios mío! ¿Para qué quiere saber cómo se escribe?

—No quiero saber cómo se escribe, solo quiero saber qué significa.

—Vaya, no lo puedo creer. Le puedo decir qué significa, si usted… si usted…

—Vale, con eso es suficiente… y muchas gracias.

—En, e, ene, tre, te, ere, e… entre…

—¿Es decir que se escribe con «e»?

—¡Por supuesto!

—Ya entiendo, por eso me tomó tanto tiempo entenderlo.

—¿Qué quiere decir? ¿Cómo más podría escribirlo?

—Pues bueno, eh, no sabría decirle. Tenía el diccionario con todos sus tomos y estaba echando un vistazo en las últimas páginas. Esperaba poder encontrarla en las imágenes, pero es una edición muy antigua.

—Pues, amigo, no creo que haya una imagen de esa palabra ni siquiera en la última edi… Mi apreciado señor, le ruego que me perdone, no pretendo ofenderlo por nada del mundo, pero no parece usted tan inteligente como me lo esperaba. Sin ofender, no pretendo ofenderlo.

—Ni lo mencione. Ya me lo han dicho antes e incluso lo han dicho personas que no suelen dar halagos y que no tienen necesidad de halagar. Me han dicho que es algo extraordinario que han visto en mí… sí, sí lo suelen decir con cierto arrebatamiento.

—Ya, me lo imagino. Pero con respecto a esta entrevista, ya sabe que es costumbre, hoy en día, entrevistar a cualquier persona que haya logrado cierta notoriedad.

—¡No me diga! Jamás había escuchado eso. Debe ser muy interesante, y ¿qué hace con esa entrevista?

—Pues bueno, este, bueno, pues es un poco desalentador. En algunos casos debe hacerse con una porra, pero normalmente consiste en el entrevistador haciendo preguntas y el entrevistado contestándolas. Está de moda. ¿Me dejaría hacerle algunas preguntas pensadas para destacar los puntos principales de su historia pública y privada?

—Oh, con mucho gusto… con mucho gusto. Tengo muy mala memoria, pero espero que eso no le importe. Es decir, es más una memoria irregular… singularmente irregular. A veces va a galope tendido, y otras veces tarda hasta quince días en pasar por un punto determinado. Es una gran pena para mí.

—No se preocupe, usted haga lo mejor que pueda.

—Lo haré, haré todo el esfuerzo que pueda.

—Gracias, ¿está listo para comenzar?

—Listo.

P. ¿Cuántos años tiene?

R. Diecinueve, los cumplo en junio.

P. ¡No me diga! Habría dicho que tenía unos treinta y cinco o treinta y seis. ¿Dónde nació?

R. En Misuri.

P. ¿Cuándo comenzó a escribir?

R. En 1836.

P. Vaya, ¿Cómo es eso posible si tan solo tiene diecinueve años?

R. No lo sé, pero sí es curioso de alguna forma.

P. Ciertamente, ¿quién considera que sea el hombre más extraordinario que haya conocido?

R. Aaron Burr.

P. Pero es imposible que haya conocido a Aaron Burr si tan solo tiene diecinueve años.

R. A ver, entonces si usted sabe más de mi que yo mismo ¿para qué pregunta?

P. Bueno, solo fue una observación, nada más. ¿Cómo conoció a Burr?

R. Pues pasa que estuve en su funeral y me pidió que no hiciera tanto ruido y…

P. ¡Pero por Dios! Si usted estaba en su funeral, entonces él ya estaba muerto; y si estaba muerto ¿por qué le importaría que usted hiciera ruido?

R. No lo sé, siempre fue un hombre un tanto particular.

P. Aún así, sigo sin entenderlo. Me está diciendo que él le habló y al mismo tiempo que estaba muerto.

R. Yo no dije que estaba muerto.

P. Pero ¿no estaba muerto?

R. Bueno, algunos dicen que sí, otros que no.

P. ¿Que cree usted?

R. Pues no era mi problema, la verdad, ese no era mi funeral.

P. Pero ¿usted… A ver, no vamos a llegar a nada. Déjeme preguntarle otra cosa. ¿En qué fecha nació?

R. Un lunes, el 31 de octubre de 1693.

P. ¿Qué? ¡Imposible! tendría ciento ochenta años, entonces. ¿Cómo me explica eso?

R. No lo explico.

P. Pero primero me dijo que tenía diecinueve años y ahora me dice que tiene ciento ochenta, es una enorme discrepancia.

R. ¡Vaya! ¿Lo ha notado? (Con un apretón de manos). A mí también me ha parecido muchas veces una gran discrepancia, pero de alguna forma siempre me costaba decidirme. ¡Qué rápido que nota usted las cosas!

P. Gracias por el cumplido, en lo que respecta. ¿Tuvo o tiene algún hermano o hermana?

R. Pues… creo, creo que sí, pero no lo recuerdo.

P. Vaya, esa es la respuesta más extraordinaria que haya oído.

R. ¿Por qué? ¿Qué le hace decir eso?

P. ¿Cómo puede ser de otra manera? Mire, vea ¿quién es el de la foto en la pared? ¿No es ese su hermano?

R. ¡Ah, sí, sí, sí! Ahora lo recuerdo, él era mi hermano. Ese es William…Bill, le decíamos. ¡Pobre Bill!

P. ¿Por qué? ¿Falleció?

R. Pues, sí, supongo. Nunca lo pudimos saber. Hubo todo un misterio.

P. ¡Qué triste! Muy triste, la verdad. ¿Desapareció?

R. Bueno, pues sí de una forma general. Lo enterramos.

P. ¿Lo enterraron? ¿Lo enterraron sin saber si de verdad estaba muerto?

R. Oh, no, eso no. Sí que estaba muerto.

P. Pues le confieso que no le entiendo. Si lo enterraron y sabían que estaba muerto…

R. ¡No! ¡No! Solo creíamos que estaba muerto.

P. Ya veo, ¿revivió? ¿Se despertó?

R. Apuesto a que no.

P. Pues, nunca había oido algo similar. Alguien murió y a ese alguien lo enterraron. ¿Cuál es el misterio?

R. Pues es eso precisamente, exactamente eso. Verá, éramos gemelos, el difunto y yo, y nos confundieron en la bañera cuando apenas teníamos dos semanas de nacidos, y uno de nosotros se ahogó. Lo que no supimos fue cuál de los dos. Algunos creen que fue Bill, otros creen que fui yo.

P. Pues, vaya eso es extraordinario. ¿Qué cree usted?

R. Pues ¡quién sabe! Daría todo en este mundo para saberlo. Este misterio, solemne, horrible ha arrojado una sombra sobre mi durante toda mi vida. Pero le contaré un secreto que nunca antes le he revelado a ninguna otra criatura. Uno de nosotros tenía una marca peculiar, un gran lunar en la mano izquierda… ese era yo. Ese fue el niño que se ahogó.

P. Pues vale, entonces no veo que haya ningún misterio, después de todo.

R. ¿No lo ve? Pues yo sí. De todas formas, no me explico cómo pudo haber tamaña torpeza como para ir y enterrar al niño equivocado. Pero ¡shh! Ni lo mencione cerca de mi familia. Solo Dios sabe todas las desgarradoras pesadillas que han tenido como para añadirle una más.

P. Bueno, pues creo que tengo ya suficiente material por ahora y le estoy muy agradecido por las molestias que le he ocasionado. Pero me interesaba muchísimo la explicación sobre el funeral de Aaron Burr. ¿Le importaría decirme qué circunstancia particular le hizo pensar que Burr era un hombre tan extraordinario?

R. Oh, pues era una simple nimiedad, ni uno entre cincuenta hombres lo habría notado. Cuando terminó el sermón, y la procesión estaba lista para partir hacia el cementerio, con el cuerpo bien acomodado en el coche fúnebre, Burr dijo que quería echar un último vistazo al paisaje, así que se levantó y cabalgó con el conductor.

De inmediato el joven se retiró reverentemente. Fue una compañía muy placentera y lamenté que se fuera.

1874.