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Bala en el cerebro

Tobias Wolff

Traducido por Luigi Bosetti

Anders llegó al banco justo antes de que cerraran y, por supuesto, se encontró con una fila interminable. Le tocó esperar detrás de dos mujeres cuya escandalosa y estúpida conversación lo hizo ponerse de muy mal humor. Aunque es cierto que nunca estaba de buen humor. Anders era un crítico literario conocido por su cansino y elegante salvajismo con el cual destripaba casi todo lo que criticaba.

Con una fila que aún recorría dos veces el pasillo de cordones, una de las cajeras puso un aviso de “CAJA CERRADA” en su ventana y caminó hasta el fondo del banco, donde se recostó en un escritorio y comenzó a charlar con un hombre que pasaba unos papeles. Las mujeres que estaban al frente de Anders interrumpieron su conversación y le lanzaron una mirada de odio a la cajera.

—Mira, qué bien —dijo una de ellas para luego mirar a Anders y agregar, confiada de que este estaría de acuerdo con ella, —Uno de esos detalles tan humanos que hacen que queramos seguir viniendo a este banco.

Anders ya había concebido su propio odio hacia la cajera, pero de inmediato lo dirigió hacia la llorona impertinente que tenía en frente.

—Maldita injusticia —dijo. —Es un tragedia, en realidad; si no le están cortando a uno la pierna equivocada o bombardeando su pueblo ancestral, están cerrando las cajas.

La mujer se mantuvo firme, —No dije que fuese una tragedia —dijo. —Solo creo que es una pésima manera de tratar a sus clientes.

—Imperdonable —añadió Anders. —Que tomen nota en el paraíso.

La mujer se chupó las mejillas y fijó la mirada detrás de él sin decir palabra alguna. Anders notó que la otra mujer, su amiga, también estaba mirando hacia la misma dirección y después, las cajeras dejaron de hacer lo que estaban haciendo, los clientes voltearon poco a poco y se hizo un gran silencio en todo el banco. Dos hombres con máscaras negras de esquí y trajes azules estaban parados al lado de la puerta, uno de ellos apuntaba una pistola en el cuello del guardia, quien tenía los ojos cerrados mientras movía los labios. El otro hombre llevaba una escopeta recortada.

—Se me callan todos —dijo el hombre con la pistola, a pesar de que nadie había dicho palabra alguna.

—Si alguno de los cajeros activa la alarma, les vuelo a todos la cabeza ¿entendido?

Los cajeros asintieron.

—Oh, bravo, —dijo Anders. —“Les vuelo la cabeza”. —agregó mientras volteaba a mirar a la mujer que estaba al frente. —Qué gran guión, ¿no cree? La firme poesía de acero de las clases peligrosas.

Ella lo miró con ojos llorosos.

El hombre de la escopeta arrodilló al guardia, le dio la escopeta a su compañero, llevó los brazos del guardia a la espalda y lo esposó, lo derribó al piso de una patada entre los omoplatos, luego tomó de nuevo la escopeta y se dirigió hasta la puerta de seguridad al final del mostrador. Era un hombre de baja estatura, pesado y se movía con una lentitud particular, incluso con algún letargo.

—Déjalo entrar —dijo su compañero.

El hombre de la escopeta abrió la puerta y pasó tranquilo entre los cajeros, entregando a cada uno una gran bolsa. Cuando llegó a la caja vacía, miró al hombre de la pistola, quien preguntó:

—¿Quién atiende aquí?

Anders miró a la cajera, quien se puso la mano en la garganta, volvió su mirada hacia el hombre con quien estaba hablando y asintió —Yo —dijo.

—Pues mueve tu maldito trasero y llena esta bolsa.

—Ahí tiene —le dijo Anders a la mujer que tenía en frente. —La justicia divina.

—¡Ey, chico listo! ¿Te dije que podías hablar?

—No —dijo Anders.

—Pues cierra el pico.

—¿Escuchó eso? —dijo Anders. —“Chico listo”, sacado de “Los asesinos”.

—Por favor, cállese—dijo la mujer.

—¡Ey! ¿Está sordo o qué? —El hombre de la pistola se acercó hasta donde estaba Anders y le puso el arma en el abdomen.

—¿Crees que estoy jugando?

—No —dijo Anders, pero el cañón del arma le hacía cosquillas como si fuese un dedo firme y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reírse. Para poder aguantar se quedó mirando al hombre a los ojos, los cuales se podían ver con claridad a través de los agujeros de la máscara. Eran azules claros, los tenían muy enrojecidos y el párpado izquierdo no paraba de temblar. El hombre exhaló un penetrante aliento a amoniaco que causó en Anders un impacto mayor que todo lo que había ocurrido antes y estaba comenzando a sentirse mal cuando el hombre lo pinchó de nuevo con la pistola.

—¿Te gusto, chico listo? —dijo. —¿Quieres chupármelo?

—No —dijo Anders.

—Pues deja de mirarme.

Anders fijó la mirada en los zapatos de costura inglesa del hombre.

—Allí abajo no, arriba. —El hombre puso la pistola debajo de la barbilla de Anders y le empujó la cabeza hacia atrás hasta que quedó mirando al techo.

Anders jamás había prestado mucha atención a esa parte del banco, un ostentoso edificio con piso, mostradores y columnas de mármol y espirales dorados sobre las ventanillas de las cajas. El techo abovedado estaba decorado con figuras mitológicas cuya carnosa fealdad cubierta de togas Anders había visto alguna vez hace muchos años y había decidido no volver a mirar. Esta vez, no tuvo más opción que examinar el trabajo del pintor para darse cuenta de que era incluso peor de lo que recordaba y todo ejecutado con la mayor seriedad. El artista tenía algunos trucos bajo la manga y los usó una y otra vez: un cierto colorete rosa en la parte inferior de las nubes y un evasivo vistazo hacia atrás en los rostros de los cupidos y los faunos. El techo estaba saturado de diversas representaciones mitológicas, pero la que más le llamó la atención fue la de Zeus y Europa, representados en esta interpretación como un toro comiéndose a una vaca con los ojos detrás de un pajar. Para que la vaca luciera sexi, el pintor le había inclinado las caderas de manera insinuante y le había dado unas pestañas largas y caídas entre las cuales miraba de vuelta al toro, con seductora aceptación. El toro mostraba una sonrisa burlona y cejas arqueadas; si hubiese tenido un bocadillo de texto saliendo de su boca, hubiera dicho —¡Olé!

—¿De qué te ríes, chico listo?

—De nada.

—¿Te parezco gracioso? ¿Crees que soy un payaso?

—No.

—¿Crees que puedes burlarte de mí?

—No.

—Trata de joderme otra vez y serás historia ¿Capiche?

Anders estalló de risa, se cubrió la boca con las dos manos y dijo —Lo siento, lo siento. — Luego resopló de risa sin poder evitarlo entre las manos y dijo, —Capiche, ay, Dios mío, Capiche.—Y en ese instante, el hombre con la pistola alzó el arma y le disparó a Anders en toda la cabeza.

La bala destrozó el cráneo de Anders, se abrió paso entre el cerebro y salió por el oído derecho, esparciendo fragmentos de hueso por la corteza cerebral, el cuerpo calloso, hasta los ganglios basales y abajo en el tálamo, pero antes de que todo esto ocurriera, la primera aparición de la bala en el cerebro detonó una chispeante cadena de transporte de iones y neurotransmisores. Debido a su origen peculiar, estos trazaron un diseño peculiar y casualmente le llevaron de vuelta a una tarde de verano de hace unos cuarenta años y desde hace mucho tiempo perdida en la memoria. Después de estrellarse con el cráneo, la bala se movió a más de doscientos setenta y cuatro metros por segundo, una velocidad glacial y patéticamente lenta comparada con el relámpago sináptico que destelló alrededor.

Una vez en el cerebro la bala se rindió a la mediación del tiempo cerebral, lo cual le dio a Anders tiempo de sobra suficiente para contemplar la escena que, en una frase que él hubiese aborrecido, “pasó frente a sus ojos”.

Vale la pena mencionar lo que Anders no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primer amante, Sherry, o lo que había amado de ella locamente, antes de que esto empezara a molestarle: su carnalidad desvergonzada y, en especial, la cordial manera que tenía para dirigirse a su miembro, al cual llamaba Señor Topo, como cuando decía —Umm, oh, parece que el Señor Topo quiere jugar. — y —Vamos a esconder al Señor Topo. —Anders no recordó a su esposa, a quien también había amado hasta que empezó a cansarse de su previsibilidad, o a su hija quien se había convertido en una profesora malhumorada de economía en Dartmouth. No recordó estar de pie detrás de la puerta de la habitación de su hija mientras sermoneaba a su oso por sus travesuras y le describía los castigos realmente espantosos que Patitas recibiría si no cambiaba su forma de comportarse. No recordó ni un solo verso de los cientos de poemas que se había encargado de memorizar durante su juventud para poder darse escalofríos a voluntad propia, no recordó el “En silencio, en una cumbre del Darién” ni el “Dios mío, escuché este día”, ni el “¿Todos mis queridos? ¿Dijiste todos? ¡Oh, pájaro de mal agüero! ¿Todos?” No recordó ninguno de estos, ni uno. Anders no recordó a su madre moribunda hablando de su padre y diciendo “Debí haberlo apuñalado mientras dormía”. No recordó al Profesor Josephs decirle a su clase cómo los prisioneros atenienses en Sicilia habrían sido liberados si podían recitar a Esquilo, para luego él mismo recitar a Esquilo, en ese momento, en griego. Anders no recordó cómo sus ojos habían ardido al escuchar esas palabras; no recordó la sorpresa de haber visto el nombre de uno de sus compañeros de la universidad en la cubierta de una novela, no mucho después de haberse graduado, o el respeto que había sentido después de haber leído el libro; no recordó el placer de sentir respeto.

Anders tampoco recordó haber visto a una mujer saltar desde el edificio de al frente, días más tarde del nacimiento de su hija; no recordó haber gritado —¡Señor, ten piedad!

No recordó haber estrellado intencionalmente el auto de su padre contra un árbol o que tres policías lo patearan en las costillas en una manifestación antibélica y haberse despertado riendo. No recordó cuando empezó a mirar la pila de libros en su escritorio con aburrimiento y temor, o cuando empezó a enojarse con los escritores por haberlos escrito. Anders no recordó cuando todo comenzó a acordarle a algo más.

Esto fue lo que recordó: Calor, un campo de béisbol, el césped amarillento, el zumbido de los insectos, él apoyado en un árbol mientras los chicos del barrio se reúnen para jugar una partida. Los capitanes, dos grandulones llamados Burns y Darsch debaten las respectivas genialidades de Mantle y Mays, llevan todo el verano preocupándose por el mismo asunto y ya se ha convertido en un fastidio para Anders, un agobio, como el calor.

Luego llegan los dos últimos chicos, Coyle y su primo de Mississippi; Anders no ha visto antes al primo de Coyle y nunca más lo volvería a ver. Lo saluda junto a los demás sin prestarle mucha atención hasta que ya han elegido los equipos y Darsch le pregunta al primo qué posición quiere jugar.

—Campocorto —dice el chico. —Campocorto es la mejor posición que haiga.

Anders se voltea y lo mira, quiere que el primo de Coyle repita lo que acaba de decir, pero sabe que es mejor no pedírselo pues los otros pueden pensar que es un imbécil por burlarse de la gramática del chico; pero esa no es la razón, en absoluto. Lo que pasa es que esta última palabra ha causado en Anders una extraño entusiasmo, una euforia por su imprevista aparición y por su música, incluso entra al jardín derecho como en trance repitiendo esa palabra para sí mismo.

La bala ya está en el cerebro y no puede dejarse atrás para siempre, ni tampoco tendrá la fortuna de detenerse. Al final, hará su trabajo y dejará el aquejado cráneo atrás, arrastrando su cola de cometa de recuerdo, esperanza, talento y amor en la sala de comercios hecha de mármol. Es inevitable pero, por ahora, Anders todavía puede hacer un poco de tiempo; tiempo para las sombras que se alargan en el césped, tiempo para que el perro atado le ladre a la pelota que vuela, tiempo para que el chico en el jardín derecho golpee su guante negro de sudor mientras canturrea suavemente, que haiga, que haiga, que haiga.